RESEÑA "Madre mía": el dolor por el cuerpo de la madre y la necesidad de simbolización.

Una reseña siempre es algo personal, una interpretación sobre lo leído que puede atender a numerosos elementos e intereses de quien escribe sobre lo escrito por otra u otro. La que ahora inicio sobre el magnífico libro de Florencia del Campo, “Madre mía”, se sostiene sobre la necesidad de gritarle a todas las mujeres del mundo: “por favor,¡ leed este libro!”. Y ojalá después podamos compartir reflexiones, inquietudes, entrañas desgarradas, ascos, lágrimas, compasión, ternura, incertidumbre, y todo lo que este texto puede llegar a despertar.  Así que sin duda este será uno de los libros del Club de Lectura “Solo ellas” del próximo curso, porque hay libros que es necesario compartir, libros que me abren en canal y que al escuchar a otras hablando de qué ha despertado en ellas,  permiten que no me sienta un bicho raro por sentir todo lo sentido;  libros que me hacen sentir que todo el tiempo que llevo profundizando en la relación madre-hija sirve para poder sostener otras lecturas con el sentido que puedan tener para esa mujer….pero esto es otra historia. No te desvíes del tema, Elena.
“Madre mía” me parece un libro crucial para cualquier mujer  porque aborda un aspecto de la relación madre-hija que no he encontrado más que de forma muy secundaria en otras obras del mismo tema: la relación de la hija con el cuerpo de la madre.  El libro trata, evidentemente, de muchas otras aristas de la relación materno-filial,  pero no se olvida de este, y eso lo hace muy valioso para mí.

Y no puede olvidarse del cuerpo de la madre y de lo que despierta en la hija porque se trata de una madre enferma, de un cuerpo deteriorado ante el que no cabe pensar que la muerte no sobrevendrá un día. Ante un cuerpo enfermo se desmonta la ilusión que nos mantiene en lo cotidiano pensando que siempre habrá tiempo, que todavía queda mucha vida. La enfermedad y la cercanía de la muerte nos devuelve a nuestra condición material, a nuestra contingencia,  y entonces el pensamiento fluye de otro modo pudiéndose distanciar del ego con pretensiones de omnipotencia. El cuerpo enfermo visto desde un cuerpo sano nos hace presente nuestra propia posible enfermedad y nuestra mortalidad. Florencia ha sabido recoger esto, en palabras explícitas (“¿Es esto hablar de la enfermedad ajena? ¿Cuándo empieza a no verse el doblez de una hoja, cuando enfermo y sano ya no queda tan claro, cuando se pasa de culpa a víctima pero no se acaba de pasar porque nunca hay alguien dispuesto a hacerle una marca a una de las caras del papel? Es como la amenaza permanente de una marca que al final no se marca y sin embargo marca la historia. Hablar de la enfermedad ajena: hablar de la enfermedad de todos” pág. 36) Esta conciencia de la posibilidad de la enfermedad al verla en otros nos despierta los fantasmas, nos hace enfadarnos con el enfermo, nos pone a temblar; pero también abre la ventana para que un tipo de pensamiento que suele estar arrinconado asome su cabeza. Un pensamiento que no se desvincula del nacimiento , que no se olvida de la contingencia, es un pensamiento poderoso, verdaderamente filosóficamente –tal y como defendía la filósofa Hanna Arendt-, porque impide que caigamos en la tentación de la abstracción que no tiene en cuenta la realidad humana (propia y ajena) que debe ser pensada necesariamente. Cuando no olvidamos que somos cuerpo, que un día nacimos y algún día moriremos, pensamos de otro modo, actuamos de otro modo, nos despertamos con rabia del sueño de la inmortalidad. El cuerpo enfermo de la madre es el recordatorio constante de los dos extremos de nuestra vida sensible: el del nacimiento y el de la muerte.
Pero la razón fundamental por la que este libro me parece que debería ser leído por todas las mujeres es porque hace presente que  la relación madre-hija parte del cuerpo.  Y ante el cuerpo enfermo de la madre se vuelve a actualizar esa relación corporal. Parte del cuerpo desde antes del parto. En el parto y en toda la primera infancia. Cuerpo de nuestra madre que fue nuestra piel y de la que nuestro cuerpo guarda un recuerdo indeleble. Cuando el cuerpo de la madre se enferma es como si una parte de nuestro cuerpo también enfermara, como si una grieta se abriese en esa piel que fuimos, cuando ella fue nuestra piel, cuando fuimos su piel acariciada, sentida contra las paredes de su vagina, entre sus brazos, en su pecho. Algo en nuestro cuerpo clama por volver a aquél lugar, a aquél hogar sin nombre, cuando todo era cuerpo y calor.
Me reduje a bebé. Te necesité más que nunca. Te amé. Eras mi madre. Te habría succionado las tetas” (pág. 111)
Aquella experiencia corporal que fuimos necesita ser dotada de sentido en nuestra vida aun sabiendo la imposibilidad de que el lenguaje la pueda contener. Y esa necesidad se convierte en urgencia ante la cercanía de la desaparición del cuerpo de la madre. Florencia del Campo lo sabe, y ha escrito un libro para ello. Luce Irigaray hablaba de la necesidad de simbolizar el cuerpo a cuerpo con la madre. Ella reivindicaba esta necesidad de hacer presente a la madre como fundamental para la vida misma y para nosotras como mujeres frente a una cultura que había puesto al padre como referente olvidando a las mujeres como dadoras de vida y generadoras de humanidad. Cuando leí a Luce Irigaray, una de sus preguntas quedó inscrita en mi cuerpo, y al leer el libro de Florencia del Campo esa pregunta ha vuelto a surgir con fuerza:
“¿Pero dónde queda, para nosotras, lo imaginario y lo simbólico de la vida intrauterina y del primer cuerpo a cuerpo con la madre? ¿en qué noche, en qué locura quedan abandonados?” (Luce Irigaray, El cuerpo a cuerpo con la madre)
Simbolizar el cuerpo a cuerpo con la madre, aun sabiendo que el lenguaje no puede contener esa relación, nos salva de la locura, nos permite ser y ser diferenciadas de esa madre que nos parió. Florencia del Campo hace simbólico en este sentido, porque aun siendo consciente de la dificultad de simbolización ( “No es justo, lo sé, perdóname: solo estoy jugando con las palabras (es la putada de no poder escribir con tu pelo, con  tus pómulos… mamá, mami, madre sin carne” (pág. 92), no escapa de ella. De este cuerpo a cuerpo con la madre entendido como piel con piel, carne frente a carne que nos convierte en cuerpo parte otro cuerpo a cuerpo, el que podríamos interpretar como una frente a otra, en pelea, en cierta lucha inevitable. Por eso en el libro hay contenida una formidable narración sobre la dificultad de la relación madre-hija. Pero este acercarse al enfrentamiento madre-hija no se olvida del cuerpo de la madre y del cuerpo de la hija frente a la madre, relación que la constituye, que la atraviesa, que nos atraviesa a todas.
Un libro entero para nombrarla, a ella, a su madre, la que ella es consciente de haber narrado (no creado) y en esa narración se ha creado a sí misma. Como hacemos todas: al contar-nos cómo es nuestra madre, cómo es nuestra relación con ella, nos configuramos, nos acercamos y nos alejamos. Jugamos a ser diferenciadas. Y lo conseguimos. Nombrar a nuestra madre, mamá, mami, para que no se convierta en locura, en noche oscura… (“¿Quién escribió tu historia? ¿Quién escribió tu historia clínica? ¿Quién escribió tu historia cínica? ¿Quién escribió tu historia cínica? ¿Quién escribió tu historia cíclica? ¿Quién escribió tu historia psíquica? ¿Quién escribió tu historia física? ¿Quién escribió tu historia rígida? Mamá, mami, madre…¿Quién escribió tu historia mía? Vos” (pág. 80)) Hablar de la madre, de su cuerpo, de la dificultad de la relación nos permite liberarnos, soltar un peso que no sabemos que pesa cuando es sombra, cuando no hay luz. Poner en palabras a nuestra madre narrada nos permite recuperar parte de la mujer que va más allá de nuestra narración, sabiendo que nuestra narración siempre está condicionada a nuestra visión de las cosas, sabiendo que nunca nuestras palabras podrán atraparla, conocerla en lo que ella es (fue) más allá de nuestra (mi) narración.
Por eso Florencia hace suya las palabras de Clarice Lispector (cuánta emoción ver su nombre en mitad de este libro tan Florencia, tan Clarice…): “Como si al haber pronunciado la palabra madre hubiese liberado en mí una parte gruesa y blanca (…) como después de una profunda crisis de vómito, sentí mi cabeza aliviada, despejada y fría. Ni siquiera el miedo ya, ni siquiera el espanto ya”. Clarice Lispector, La pasión según G. H)) . Esto es nuevo. Tan solo en el libro de Vivian Gornick “Apegos feroces”, hay algo parecido. Luce Irigaray estará contenta. Yo también.
Cuando se habla de lo negativo de la relación aparece todo. El miedo a perderla, ante todo.   Pero también aparece  cierto deseo inconfesable de que desaparezca y con ella el sufrimiento que también ha habido en la relación, en la enfermedad (“Tu enfermedad no era solo tuya; era el centro que arrastra y traga, babosa depredadora, hasta hacer desaparecer” (pag 119). Y al mostrar todos esos miedos y deseos usando un lenguaje que desde el principio se sabe insuficiente, entonces puede aparecer también aquello que va más allá de lo negativo y que habla del amor infinito de una hija por su madre, por haberle dado la vida y haberla sostenido durante tiempo, aunque no fuera en la forma deseada, aunque estuviera cargada de sufrimiento y dolor. Solo cuando damos valor a la narración sobre la relación (en un libro, en terapia, con otras mujeres o como sea), podemos atravesar lo negativo de nuestra relación con la madre y recuperarla un poco. La narración nos libera del miedo a que todo sea negativo:
“No les conté la otra versión: por ejemplo, que fuiste quien se ocupó de nosotras más que nadie, que tu responsabilidad se duplicaba a causa de una moderada ausencia de padre, que siempre luchaste, peleaste, sudaste para que la relación con ese padre fuera mejor para cada una de nosotras; y que también fuiste la que nos llevó al médico y a natación y a inglés y al teatro y al cine y a la ópera y a la playa y a un excelente colegio público secundario. No les conté el relato que habita en la fisura, en la escisión, en el borde; en la zona exacta donde se dobla el papel y no es cara ni contracara” (pag 129)
Florencia del Campo ha sabido bordear  la culpabilidad, la que nace de reconocer lo bueno de su madre, la que nace de hablar de lo cruel en su madre; bordea la culpabilidad que despierta  querer escribir sobre su madre y su enfermedad; la culpabilidad por saber que siempre se trata de una narración; incluso la culpabilidad por el deseo antiquísimo del cuerpo de la madre, por la necesidad de hablar desde su cuerpo vivo, más joven, todavía sano. Antepone la necesidad de hacer simbólico a toda esa culpa, y con ello nos hace un favor inmenso a todas las hijas, a todas las madres, a todas las mujeres que leamos este libro.
Florencia se ha atrevido a hablar de aquello que no se puede hablar porque el lenguaje se queda corto: de la enfermedad y de la madre, de su madre y con ello desmonta de algún modo nuevo la afirmación de Wittgenstein (a la que él mismo renunciará en años posteriores) “De lo que no se puede hablar, mejor es callar”. Porque está claro que aunque no se pueda hablar, al intentarlo a pesar de las dificultades la vida florece, desesperadamente amarga… y bella.
En el libro hay mucho más. Del libro hay muchas otras reseñas más completas, más literarias, más…tal vez no más, pero yo me he despertado esta mañana con la necesidad de contaros todo esto sobre este libro-bala, libro-flor, libro-carne, libro-soledad.

Elena Martínez Navarro

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