¿En qué se parece ser padre a ser mujer?


Hay una correspondencia extraña e inversa entre virilidad y paternidad, por un lado, y feminidad y maternidad por otro. 
 



"He aquí la gran incógnita que no he podido resolver, a pesar de mis treinta años de investigación sobre el alma femenina: ¿qué es lo que quiere la mujer?"



 
El psicoanálisis ha insistido en la dificultad de contestar a la pregunta ¿qué es una mujer?, mientras que la pregunta por la maternidad no parece provocarle el mismo quebradero de cabeza. Todos tenemos algo que decir, que sentir, incluso que gritar sobre el significante “madre”; incluso los hombres hablamos de nuestra madre, pero no sabríamos cómo “rellenar” el ser mujer más allá de la afirmación negativa “no es un hombre”. No hay duda de que la sociedad ha vestido a la mujer con un discurso muy claro, excesiva y sospechosamente profuso en detalles. Lo sigue haciendo… Pero ¿cómo no interpretarlo como una debilidad del discurso -una fortaleza de la mujer-? ¿Tal vez fruto del miedo al radical libre en que puede convertirse una mujer para una sociedad? Los libros dicen más sobre qué es ser mujer que sobre qué es ser madre; la tradición deja muy claro qué debe ser una mujer, cuándo dejaba de ser niña, cuál es su función. Encontramos demasiadas palabras, precisamente por la falta de claridad. Mientras que detallar el ser madre no es necesario porque es mucho más intuitivo, inmediato..., se halla a flor de piel.

Hoy en día, por su parte, tampoco parece del todo claro qué es eso de ser padre. Incluso el psicoanálisis, que no cejaba en hablar de función paterna, ha acabado reconociendo que dicha función depende de la madre, no del padre… Por lo que uno no puede más que preguntarse por qué motivo habría que llamarlo “paterna”, a no ser por la necesidad narcisista del hombre de ver reconocido su apellido también en esta función. 

Ser hombre (que no es lo mismo que la hombría o la virilidad) no parece tan confuso, pues el falo viene en ayuda como elemento vertebrador de una identidad: consiste en una posesión y en un poder. No hay exceso de palabras sobre el ser hombre… Sin embargo, la tradición vestía al padre de manera tan profusa y definida como a la mujer; le otorgaba atributos inseparables de lo masculino: pater familias, jefe, sostén económico, protector, autoridad…

Ahora bien, en primer lugar se trata de un recurso a roles sociales masculinos (de los hombres) dirigidos a la familia, pero no nos dice nada sobre la paternidad propiamente dicha, sino sobre la necesidad de “atar” lo familiar entorno a lo masculino. Y en segundo lugar, una vez que, hoy en día, reconocemos en esos roles una función que no es exclusiva del hombre… ¿Qué le queda por ser al padre? Si como muestra el psicoanálisis la función paterna depende de la madre… ¿el padre real para qué? ¿No será que no está claro qué es ni por qué habría de ser necesario un padre? ¿No será el patriarcado (pues patriarcado no hace referencia a “hombre”, sino a “padre”) fruto de un miedo lúcido? ¿Una forma de asegurar un lugar y un papel que de otro modo sería manifiestamente innecesario?

La madre -como identidad separada, diferente del padre- no está en riesgo. Tiene a mano el embarazo, el parto, la lactancia, las primeras palabras… Pero el padre sí. ¿Qué es el padre que no sea la madre? ¿Es el padre una segunda madre? Al menos desde principio del siglo XX (Durkheim) se viene hablando de la crisis de la familia en relación con la crisis del padre (y la autoridad paterna).

¿No será una forma de lucidez? ¿Una oportunidad?

Esa oportunidad es la que rondamos en el Grupo de Paternidades.

(Próximo encuentro Sábado 4 de noviembre)

Jaume Pey Ivars

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